Puedo adaptarme a comer antes de la una y cenar antes de las ocho. A ponerle mantequilla al pan y a que si pides un ice tea te lo traigan con gas. Después de unos cuantos meses aquí, ya no me resulta raro que una vez por semana las calles se llenen de bolsas de basura, o que no se den dos besos al saludar a alguien. Puedo acostumbrarme a dormir sin persianas, a caminar esquivando bicicletas y a que si te tomas una cerveza en un bar no te pongan ni unos tristes cacahuetes. Incluso a sentarse al sol una tarde en manga corta, y a los dos días sacar la bufanda y el gorro para protegerte de la nieve. Que haya que pagar para ir al baño ya no me parece tan disparatado, y tampoco que haya que salir de casa para poner la lavadora.
Pero lo que todavía no llego a entender es por qué a partir de las seis de la tarde las calles se inundan de carteles de "gesloten" y resulta imposible encontrar un sitio donde poder pasar el rato.
Aparte de los bares, claro.
Pero lo que todavía no llego a entender es por qué a partir de las seis de la tarde las calles se inundan de carteles de "gesloten" y resulta imposible encontrar un sitio donde poder pasar el rato.
Aparte de los bares, claro.
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