domingo, 26 de mayo de 2013

Nowhere girl

Alguien me preguntó hace poco que dónde estaba mi hogar.
No supe qué contestar.

¿Qué es exactamente un hogar? ¿Una casa? ¿Un sitio al que volver en Navidad? ¿Un sitio donde puedes pasear en pijama los domingos por la mañana? Pensé en la sensación de volver de vacaciones y deshacer maletas, y el olor a suavizante que inundaba todo cuando llovía y había que tender la ropa dentro. Me acordé de desayunos, de noches viendo nada en la televisión, de sillones descolocados y mantas compartidas. De tardes esperando a que pasara el calor para poder salir a la calle, y noches deseando que se acabara el frío al volver.

Pensé entonces en todos los lugares en los que había vivido y llegué a la conclusión de que ninguno de ellos se adaptaba completamente a la definición, pero en todos había ido dejando motivos para volver. 

Y en ese momento entendí que todos esos motivos son lo que consideraría un hogar.

En ningún sitio, y en todas partes.

domingo, 5 de mayo de 2013

Defectos secundarios

Te habías enfadado. Qué era eso de no mirar al presente. Cuando por fin el pasado dejaba de estorbar te emocionabas pensando en el futuro, y entrabas en ese peligroso círculo en el que el futuro se convertía directamente en pasado. Carpe diem, te decían, aunque si alguna vez habías llegado a saber lo que era eso, parecías haberlo olvidado por completo.

Siempre quisiste más. En el buen sentido, claro. No lo llamaría exigente ni inconformista, casi diría que todo lo contrario, con lo fácil que era hacerte feliz. Pero te cansabas enseguida de todo, maldita sea. Lugares, costumbres y rutinas. No sabías decir exactamente de dónde venías, y mucho menos a dónde querías ir, pero querías más. Conocer más. Aprender más. Supongo que eso era una cosa buena, aunque en cierto modo te iba empujando sin rumbo fijo, de un lado para otro, y te mantenía lo suficientemente lejos de cualquier cosa que pudiera atarte. O quizás esto último lo hacías inconscientemente, y buscabas alguna excusa a la que echarle la culpa, quién sabe. 

Te gustaba que las cosas estuviesen en su sitio, pero si todo estaba ordenado te desquiciabas. A veces tenías esa rara sensación de que el caos de tu habitación era directamente proporcional al caos de tu vida, y quizá por eso odiabas las sillas debajo de montones de ropa y no soportabas las pilas de cacharros sin fregar. 

Ya podías cabrearte y decepcionarte las veces que hicieran falta, que en el fondo daba igual, eras tú. Tú y tu costumbre de no dar explicaciones a nadie. Tus miedos, tus contras, y tu estúpida manía de no escribir en primera persona.