Alguien me preguntó hace poco que dónde estaba mi hogar.
No supe qué contestar.
¿Qué es exactamente un hogar? ¿Una casa? ¿Un sitio al que volver en Navidad? ¿Un sitio donde puedes pasear en pijama los domingos por la mañana? Pensé en la sensación de volver de vacaciones y deshacer maletas, y el olor a suavizante que inundaba todo cuando llovía y había que tender la ropa dentro. Me acordé de desayunos, de noches viendo nada en la televisión, de sillones descolocados y mantas compartidas. De tardes esperando a que pasara el calor para poder salir a la calle, y noches deseando que se acabara el frío al volver.
Pensé entonces en todos los lugares en los que había vivido y llegué a la conclusión de que ninguno de ellos se adaptaba completamente a la definición, pero en todos había ido dejando motivos para volver.
Y en ese momento entendí que todos esos motivos son lo que consideraría un hogar.
En ningún sitio, y en todas partes.












