Estrésate. Enfádate con el despertador y con quien decidió que las persianas no eran útiles y las cambió por cortinas. Abrígate. Coge la bici cuando hace bueno. Cuando llueve también. Sal de casa temprano y vuelve cuando es de noche. O no. Escucha, mucho. Habla inglés, intenta decir algo en neerlandés. Toma un par de cafés al día, no más de los necesarios. Ríe. Piensa. Coge un mapa, sal del centro, piérdete. Llena la pared de post-its. Roba posavasos de los bares. Conoce. Aprende. Disfruta. Llega hasta la última hoja del cuaderno. Come. A la hora que sea, pero hazlo. Discute. Recuerda que "gratis" se dice "gratis". Por supuesto, haz fotos. Encuentra. Agóbiate. Da patadas y puñetazos. Baila. Desayunad. Sal a la calle cuando más frío hace. Respira. Revuelve. Espera. Cánsate. Duerme, lo que te dé tiempo. Equivócate. Vive.
lunes, 25 de febrero de 2013
lunes, 11 de febrero de 2013
miércoles, 6 de febrero de 2013
Ctrl+S
Creo que nunca había tenido tan bien definido ese momento que utilizamos para separar un final del siguiente principio.
A mi favor, diré que hay cosas que nunca se olvidan.
domingo, 27 de enero de 2013
#2
Por supuesto que ésto es lo que querías. Y que vas a estar bien y sabes que todo va a ser, por lo menos, tan bueno como hasta ahora.
Pero no veas cómo va a costar volver a empezar de cero.
sábado, 19 de enero de 2013
martes, 8 de enero de 2013
Diez años después
"Recomendado para mayores de 12 años"
Y al ver aquella frase escrita en la cubierta trasera, no
podía evitar pensar "jo, qué mayor soy, leo libros para mayores". Y
es que, cuando aún me faltaban unos tres años para cumplir la docena y ya había
devorado el libro unas cuantas veces -no una, ni dos-, no entendía por qué aquella
frase me recomendaba esperar tanto tiempo para descubrir todo lo que había en
su interior. Menos mal que nunca le hice caso.
La verdad, no sé cómo llegó aquella colección a mis manos, pero los recuerdo en la estantería de mi habitación desde que tengo memoria.
No había superpoderes, ni seres fantásticos, ni misterios, ni aventuras peligrosas. Pero había algo en aquellas páginas que me enganchó desde un principio. Probablemente fuera eso, que no había nada de lo dicho anteriormente. Simplemente, la vida desde los ojos de un niño que -yo calculaba- tendría mi misma edad en aquel momento. ¿Y qué tenía de especial? No era un niño guapo, ni listo, ni famoso, ni tenía una vida interesantísima. Era el típico niño que no tenía ninguna cualidad fuera de lo normal, y además era miope. (Aquí me veo obligada a hacer un inciso y decir que no creo que tenga nada que ver, pero los dos héroes literarios de mi infancia llevaban gafas... aunque esa es otra historia y debe ser contada en otra ocasión). Y ahí estaba, contándome su vida a través de los cristales de sus gafas en siete tomos que yo no me cansaba de leer una y otra vez, presentándome a su familia, su barrio, su colegio y sus amigos.
Y he de decir que durante muchos años (y me atrevería a decir que todavía me ocurre), cada vez que alguien mencionaba Carabanchel (Alto), automáticamente pensaba en este niño jugando en el Parque del Ahorcado, con su hermano pequeño de la mano, y riéndole las gracias al chulito del barrio con su amigo el de las orejas grandes. Y a su madre, gritándole desde una ventana. Son cosas que marcan, secuelas de la infancia.
Por eso me ha hecho tantísima ilusión, una década más tarde y cuando ya daba esa etapa por cerrada, volver a pasearme por las calles de Carabanchel (Alto) y descubrir que todo sigue (más o menos) como estaba antes. Y, lamentablemente, me ha hecho darme cuenta de que, aunque el niño de las gafas ahora prefiera que le llamen Manolo, los niños que crecimos con él ya no somos tan niños, porque yo lo recordaba de mi misma edad y ahora ya le saco un montón de años.
Pero a pesar de todo, y aunque científicos de todo el mundo hayan estudiado el fenómeno sin encontrar respuesta, seguirá siendo uno de los niños (con gafas) más entrañables del mundo mundial.
martes, 1 de enero de 2013
uno del uno
Llámalo tonterías, enredos, tiempo libre, cuenta pendiente o simplemente la necesidad de escupir palabras de vez en cuando. Pero una vez más, volvemos a encontrarnos.
¿Por cuánto tiempo? No tengo ni idea, pero recurriré al ahora o nunca y aprovecharé que apenas llevamos unas veinte horas del dos mil trece para usar la excusa de los propósitos de año nuevo.
Al fin y al cabo, no tengo por qué darme explicaciones.
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