martes, 8 de enero de 2013

Diez años después


"Recomendado para mayores de 12 años"
Y al ver aquella frase escrita en la cubierta trasera, no podía evitar pensar "jo, qué mayor soy, leo libros para mayores". Y es que, cuando aún me faltaban unos tres años para cumplir la docena y ya había devorado el libro unas cuantas veces -no una, ni dos-, no entendía por qué aquella frase me recomendaba esperar tanto tiempo para descubrir todo lo que había en su interior. Menos mal que nunca le hice caso.
La verdad, no sé cómo llegó aquella colección a mis manos, pero los recuerdo en la estantería de mi habitación desde que tengo memoria. 

No había superpoderes, ni seres fantásticos, ni misterios, ni aventuras peligrosas. Pero había algo en aquellas páginas que me enganchó desde un principio. Probablemente fuera eso, que no había nada de lo dicho anteriormente. Simplemente, la vida desde los ojos de un niño que -yo calculaba- tendría mi misma edad en aquel momento. ¿Y qué tenía de especial? No era un niño guapo, ni listo, ni famoso, ni tenía una vida interesantísima. Era el típico niño que no tenía ninguna cualidad fuera de lo normal, y además era miope. (Aquí me veo obligada a hacer un inciso y decir que no creo que tenga nada que ver, pero los dos héroes literarios de mi infancia llevaban gafas... aunque esa es otra historia y debe ser contada en otra ocasión). Y ahí estaba, contándome su vida a través de los cristales de sus gafas en siete tomos que yo no me cansaba de leer una y otra vez, presentándome a su familia, su barrio, su colegio y sus amigos. 

Y he de decir que durante muchos años (y me atrevería a decir que todavía me ocurre), cada vez que alguien mencionaba Carabanchel (Alto), automáticamente pensaba en este niño jugando en el Parque del Ahorcado, con su hermano pequeño de la mano, y riéndole las gracias al chulito del barrio con su amigo el de las orejas grandes. Y a su madre, gritándole desde una ventana. Son cosas que marcan, secuelas de la infancia.

Por eso me ha hecho tantísima ilusión, una década más tarde y cuando ya daba esa etapa por cerrada, volver a pasearme por las calles de Carabanchel (Alto) y descubrir que todo sigue (más o menos) como estaba antes. Y, lamentablemente, me ha hecho darme cuenta de que, aunque el niño de las gafas ahora prefiera que le llamen Manolo, los niños que crecimos con él ya no somos tan niños, porque yo lo recordaba de mi misma edad y ahora ya le saco un montón de años.

Pero a pesar de todo, y aunque científicos de todo el mundo hayan estudiado el fenómeno sin encontrar respuesta, seguirá siendo uno de los niños (con gafas) más entrañables del mundo mundial.


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